la primera en mi árbol genealógico en tener un blog

Internet antes era un escritorio en la esquina de mi salón

Internet es un espacio, un lugar; creo que es algo en lo que en este nuestro año 2026 estamos todos prácticamente de acuerdo. No tiene límites territoriales, no tiene horarios de cierre ni apertura, existe en todas las lenguas, existe todo el tiempo, en todos los lugares, para todos. Pero yo echo de menos cuando no era así. Odio el internet que se lleva en el bolsillo y que vibra para notificarme qué está haciendo y pensando todo el mundo todo el tiempo.

Recuerdo que cuando empecé a considerarme una ciudadana de este inhóspito y hostil espacio, solo existía en un ordenador de mesa en la esquina de mi salón; las webs y redes sociales solo existían si abría una pestaña para mirarlas. Internet tenía una puerta de entrada y una de salida, y además tenía un gorila en la puerta en la forma de mi madre sentada en un sofá detrás de mí que, llegado el momento que ella consideraba preciso, me ponía "Fiesta Pagana" y me mandaba a mi habitación. Llegar del colegio, comer viendo Los Simpsons, encender el ordenador, iniciar sesión en Messenger, abrir Tuenti, descubrir desmotivada que no tenía tantas notificaciones como yo esperaba, abrir Twitter, interactuar con desconocidos que generalmente no eran nazis intentando enfadarme para conseguir "engagement" y que un billonario les pagase por ello.

Joder, echo de menos no saber qué era el "engagement".

Las webs antes tenían fin. Podías llegar al internet de ayer. El ser humano ha hecho muchos avances positivos, pero en internet creo que hemos jugado a ser el Dr. Frankenstein por encima de nuestras posibilidades; nunca debió avanzar tanto. El capitalismo engulle todo y esta ha sido nuestra biblioteca de Alejandría particular. Lo que pudo ser un tercer espacio perfecto se ha convertido en un mercadillo en el que la gente te quiere vender todo y no existe una ética de mercado. Cualquier cosa vale a cambio de la divisa: tu valiosísimo tiempo de atención. Cuando internet solo existía en una esquina de mi salón, el "ghosting" generalmente significaba que o bien estabas durmiendo o tus padres se habían cansado de que pasases 6 horas diarias estafando a otros críos en Habbo Hotel y te habían mandado, literalmente, a tocar hierba. Y sé que la solución está literalmente en mi mano: borra esas aplicaciones y empieza a usar internet como si esto fuese 2010. Pero no es tan fácil cuando el mundo funciona en los bolsillos, cuando todos estamos más en este tercer espacio que todo lo abarca que en el presente físico. Cómo voy a sobrevivir a la soledad de estar rodeada de gente que está en otro sitio cuando a veces es esta gente la que más me interesa. Ahora, cuando mi capacidad de concentración me deja ver contenido de más de un minuto, observo con asombro cómo los personajes de las series no utilizan el móvil constantemente, y es que la trama no avanzaría si hablásemos de un personaje con 21 horas de uso de pantalla diarios. Shoutout Monkey D. Luffy, jamás encontrarías el One Piece si tuvieses acceso a TikTok. O lo harías, pero no sería aventura, sería "contenido", que es peor.

Y creo que sí, "la desconexión es un privilegio", pero no por esa excusa que nos encanta de "es que necesito el móvil para estar en contacto con la gente y trabajar" sino porque implica que tienes una vida lo suficientemente plena como para no tener que irte a ese tercer espacio en tu bolsillo, porque el espacio que ocupas en la tierra, con su no inmediatez y sus limitaciones, es suficiente. Quiero que mi vida sea lo suficientemente plena en el espacio que habito como para poder ignorar que en mi bolsillo existe un lugar, para poder retrasar la curiosidad de qué será ese "brrr" "brrr" de cada notificación hasta un momento en el que no me quede nada mejor que eso que hacer. Y cuando pensé todo esto hice lo obvio: ir a contarlo en internet.